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La vida por un empleo público
La vida y otras cosas
Por Loly
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En este cíber-medio, tribuna de todas las causas óvidas, hace tiempo que lo advertimos. Una vez más, nos entristece haber estado en lo cierto. Nos queda el mustio consuelo de saber que el Pingüino no suele desoír nuestras denuncias, consejos y advertencias.
Por desgracia, en el caso California, el Pingüino se dejó embelesar por las promesas de los profetas de la disgregación nacional y de las causas antióvidas.

Otros tiempos más felices, teníamos tanto por qué brindar
Los terribles efectos del infame golpe de estado que desplazara a The Nine del sillón de Juárez-Rex en la provincia de California, se dejan ver con toda crudeza. La provincia ha quedado ahora como un ganso decapitado, corriendo sin ton ni son, y dejando tras de sí un reguero de sangre.
Por alguna misteriosa razón, la naturaleza, los hombres y las ovejas han sido impiadosos y mezquinos con este querible terruño del Extremo Noroeste Argentino (XNOA).
Algunas ovejas descarriadas, abandonadas a su suerte por funcionarios de mirada glacial, están perdiendo la cordura y la decencia que desde siempre han caracterizado a los californianos.

California no es pródiga en riquezas naturales, pero ha sido recompensada
con la incomparable calidez de su gente.
La duradera y mítica Pax Californiana ha sido alterada por torpes y ambiciosos forasteros que ignoraban el delicado equilibrio que dos pastores y próceres ovinos, ciudadanos protectores ilustres de la provincia, mantenían para felicidad de su rebaño.
Para desgracia del rebaño californiano, y de la ovinidad toda, los forasteros alborotadores y desestabilizadores lograron su objetivo. Las redes de contención de Charlie Juárez-Rex y The Nine ya no están ahí, las ovejas pierden la esperanza. Se ha desatado el pandemónium californiano, se han despertado fuerzas más allá de la comprensión de los miopes forasteros. California nunca volverá a ser el Paraíso Ovino que todos admiramos, la reserva viva de los principios sociales que el Gran Pastor estableciera.
Las peligrosas fuerzas desatadas hicieron blanco en un cordero de nombre Aserrano. Hace quince años falleció su padre, un feliz empleado de la administración pública. Su madre la emprendió entonces con un justo y atendible reclamo, que la incorporasen en reemplazo de su difunto marido. Pero nada ocurrió.
Tiempo después, esta infausta familia, excluida, humillada y discriminada, recurrió al obispo de California, con la esperanza de que su infinita piedad resolviese tamaña injusticia. Según versiones, el obispo californiano prometió interceder ante las insensibles autoridades. Para ese entonces, Aserrano se había visto en la desgracia y la odiosa mortificación de tener que trabajar en el sector privado, como remisero.
El obispo, por una u otra razón, no cumplió con su promesa. La madre del cordero Aserrano se encadenó en tres o cuatro oportunidades frente a la Casa de Gobierno de California y nada ocurrió. Las autoridades ignoraban este justo reclamo.
Ante tamaña injusticia, ante tal ignominiosa discriminación, ante tal cruda violación del santo derecho que define la esencia de California, Aserrano perdió la cabeza. Un empleo público no se le niega a nadie, se trata del famoso Sueño Californiano. El innecesario terremoto que derribó a los ancianos Juárez-Rex y The Nine terminó abruptamente con este sueño de todos.

Escudo de la provincia de California
El cordero Aserrano, encolerizado, incitó al lúbrico obispo californiano, y lo condujo por la lúgubre senda de la corrupción carnal.
Estaba dispuesto a todo para obtener su empleo público, que le fuera negado por la injusticia de los poderosos, de los organismos internacionales, de las peleas entre hermanos y de los enemigos del orden establecido.
Hubiera ofrendado gustoso su vida ante el altar de la administración pública, pero escogió entregar, también gustoso, otro atributo.
El obispo californiano no quiso, no pudo o no supo conmover a las autoridades con el caso Aserrano, lo que provocó la desesperación de éste y la catarata de tristes hechos que son de dominio público.
Que este luctuoso episodio, que no es más que un prolegómeno de las desgracias que asolarán a la hasta hace poco feliz California, sirva de advertencia. Los pobres californianos han sido expulsados del Paraíso Ovino. Más tarde o más temprano, deberán ganarse el pan con el sudor de su frente.

Siguen destruyendo las costumbres regionales que constituyen
la esencia de nuestra identidad
El orden de la comunidad organizada que el Gran Pastor estableciera responde a las necesidades más profundas del Rebaño. Jugar con las instituciones y derechos que nos definen, como el inalienable derecho al empleo público, inevitablemente desatará calamidades. La Segunda Década Infame de Carlos Saúl Alí-Babá parece no habernos enseñado nada.
El Pingüino, paladín de la Patagonia irredenta, debería haber comprendido mejor que nadie el predicamento del XNOA.
Nos queda la certeza de que cuenta con la sabiduría y con la astucia pastoral y, por tanto, no volverá a cometer un error de la magnitud del que asola a la entrañable California.
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