Esta cita ha sido popularizada por el jerarca nazi, si bien no fue él su iniciador. Originariamente esta frase apareció en el primer acto, escena primera, de la obra “Schlageter” por parte del personaje llamado Thiemann. Fue estrenada para el cumpleaños de Hitler de 1933 y fue escrita por Hanns Johst, cuya valiente pluma le valió ser el presidente de la Asociación de Escritores del Reich. Por motivos no muy claros, sólo pudo mantener su puesto hasta principios de 1945.
Esta obra cuenta la tierna historia de Albert Leo Schlageter (1894-1923).
Schlageter fue una de las primeras estrellas del rito martirológico nazi; siendo un oficial desmobilizado, en 1922, se unió al Partido nazi. Al año siguiente, participó de la resistencia armada contra las fuerzas francesas que todavía ocupaban el Ruhr. Lamentablemente (para él) fue capturado intentando sabotear una vía ferrea. Fue juzgado por una corte militar francesa y ejecutado.